David Hockney y las albercas: el hombre que pintó el verano antes de que supiéramos mirarlo

Un homenaje al artista británico que convirtió el agua, el deseo y la luz de California en una forma de vida

Redacción Every

A David Hockney le bastó una alberca para cambiar la temperatura del arte moderno.

No una catedral. No una batalla. No un caballo con musculatura heroica ni una virgen flotando entre nubes obedientes. Una alberca. Azul, limpia, californiana, descaradamente doméstica. Algo que, en manos menos precisas, habría terminado pareciendo folleto inmobiliario para gente con demasiado tiempo libre. En las suyas, se volvió una pregunta: ¿qué pasa cuando la pintura deja de mirar hacia el drama y decide mirar hacia el placer?

Hockney nació el 9 de julio de 1937 en Bradford, Yorkshire, una ciudad del norte de Inglaterra donde el cielo suele tener la cortesía de no presumir demasiado. Creció en una familia trabajadora, estudió en Bradford College of Art y después en el Royal College of Art de Londres. Desde temprano fue brillante, terco y ligeramente imposible, esa combinación tan británica que produce artistas, excéntricos o señores que discuten con el tren porque llegó dos minutos antes.

Su carrera despegó en los años sesenta, en medio del pop art británico. Pero Hockney nunca fue solamente “pop”. Tenía colores brillantes, sí. Tenía sentido del humor, también. Pero lo suyo era más íntimo. Pintaba la vida moderna no como una teoría, sino como una escena que alguien acababa de abandonar: una habitación, una ducha, una terraza, una alberca quieta después de un salto.

En 1964 viajó por primera vez a Los Ángeles. Para un joven inglés venido de Bradford, aquello debió sentirse casi indecente: sol constante, palmeras, autopistas, casas bajas, hombres bronceados, arquitectura moderna y piscinas privadas. California parecía haber sido diseñada por alguien que había leído a Oscar Wilde y después contratado a un jardinero.

La alberca se convirtió para Hockney en algo más que un motivo pictórico. Era una superficie. Un escenario. Un símbolo. Una libertad azul. En Inglaterra, el agua caía del cielo con disciplina protestante. En Los Ángeles, el agua estaba en el jardín, iluminada, disponible, casi teatral. Nadie parecía tener frío. Esto, para un británico, ya era suficiente revolución.

En 1966 pintó The Splash. Ese mismo año hizo A Little Splash. Y en 1967 llegó A Bigger S plash, quizá la alberca más famosa de la historia del arte contemporáneo.

La escena es, en apariencia, sencillísima: una casa moderna, una silla, una alberca, una tabla de clavados y una explosión de agua. El cuerpo que saltó ya no está. Solo queda la salpicadura. El cuadro es casi un chiste filosófico: el momento importante ya pasó, pero la pintura insiste en quedarse con la evidencia.

Ahí está el genio de Hockney. En convertir un instante absurdo, dos segundos de agua desordenada, en una imagen inmóvil, exacta, memorable. El splash parece rápido, pero está pintado con paciencia obsesiva. La vida se mueve. La pintura la detiene. Y Hockney, con su flema inglesa, nos dice: miren bien, por favor, que esto no va a repetirse.

Su frase “Teaching people to draw is teaching people to look” parece escrita para entender toda su obra. Enseñar a dibujar, decía, es enseñar a mirar. Y Hockney miraba con una intensidad que no era solemne, sino curiosa. No necesitaba convertir cada escena en tragedia. Sabía que una sombra bien puesta sobre una pared podía contener más misterio que una novela rusa con demasiados parientes.

Las piscinas también le permitieron hablar del deseo. Hockney fue abiertamente gay desde una época en la que eso no era una pose de modernidad, sino un riesgo. En sus pinturas de hombres, duchas, cuerpos y albercas hay una naturalidad luminosa. No pide permiso. No se disculpa. No esconde la mirada. La vuelve composición.

En Peter Getting Out of Nick’s Pool, de 1966, vemos a Peter Schlesinger, su pareja y musa durante varios años, saliendo de una alberca. El cuerpo aparece en un momento cotidiano, casi doméstico. No hay escándalo. No hay grandilocuencia. Solo un hombre saliendo del agua, y sin embargo todo está ahí: intimidad, deseo, juventud, calor, libertad.

Después vendría una de sus obras más cargadas emocionalmente: Portrait of an Artist (Pool with Two Figures), de 1972. En ella, un hombre vestido observa desde el borde de una alberca mientras otro nada bajo el agua. La escena es bella, pero también duele. Parece una conversación donde nadie habla. Un amor visto desde arriba. Una distancia cristalina.

La obra suele leerse en relación con la ruptura de Hockney y Schlesinger. El nadador está sumergido; el otro mira. El agua separa, deforma, embellece. Como pasa con algunos recuerdos: mientras más claros parecen, más lejos están.

En 2018, este cuadro se vendió por 90.3 millones de dólares, convirtiéndose entonces en la obra más cara de un artista vivo vendida en subasta. Pero hablar solo del precio sería una vulgaridad, y no una vulgaridad divertida. El valor real está en su capacidad de contener una emoción compleja sin levantar la voz. Muy inglés: devastado, pero correctamente vestido.

Hockney entendió que el agua era perfecta para pintar porque nunca se queda quieta. Y él tampoco. Aunque muchos artistas encuentran una fórmula y se mudan a vivir dentro de ella, Hockney siguió probando. Pintó retratos dobles, interiores, paisajes de Yorkshire, caminos californianos, flores, amigos, perros, escenarios de ópera. Hizo collages fotográficos con Polaroids. Usó fax, cámaras, computadoras, iPhones y iPads. Si alguien le hubiera dado una tostadora con pantalla táctil, probablemente habría intentado pintar la primavera en ella.

Su curiosidad tecnológica no era capricho. Era una extensión de su obsesión por ver. Hockney desconfiaba de la mirada única, fija, autoritaria. Le interesaba la visión en movimiento. La forma en que los ojos recorren una habitación, una cara, un jardín. “The eye is always moving; if it isn’t moving you are dead”, dijo alguna vez. El ojo siempre se mueve; si no se mueve, estás muerto. La frase suena dramática, pero en él era casi práctica: mirar es estar vivo.

Por eso sus cuadros nunca son tan simples como aparentan. Una alberca de Hockney no es solo una alberca. Es una lección sobre percepción. ¿Cómo se pinta el agua? ¿Cómo se pinta la transparencia? ¿Cómo se pinta algo que cambia cada segundo? ¿Cómo se pinta el sol sin caer en postal barata? ¿Cómo se pinta el deseo sin volverlo panfleto? ¿Cómo se pinta la felicidad sin que parezca anuncio de bloqueador solar?

Hockney respondió con color.

“I prefer living in colour”, dijo. Prefiero vivir en color. Pocas frases resumen tan bien su obra. No porque todo en ella sea alegre, sino porque incluso la melancolía aparece iluminada. En Hockney, el dolor no siempre viene vestido de negro. A veces nada bajo una alberca azul, mientras alguien lo mira desde el borde.

En sus últimos años, instalado entre Inglaterra, California y Normandía, siguió trabajando con una vitalidad casi insolente. Pintó árboles, caminos, estaciones, flores. Durante la pandemia lanzó una frase que se volvió emblema de resistencia poética: “Do remember they can’t cancel the Spring”. Recuerda que no pueden cancelar la primavera. Era muy Hockney: sencillo, luminoso y ligeramente desafiante. La primavera, como la mirada, no obedecía órdenes.

Su muerte, el 11 de junio de 2026, cerró una de las carreras más largas, reconocibles e influyentes del arte británico contemporáneo. Pero hablar de cierre con Hockney resulta extraño. Sus cuadros siguen abiertos. Sus albercas siguen salpicando. Su azul sigue funcionando como una pequeña máquina de verano.

Quizá por eso sus piscinas nos conmueven tanto. Porque no prometen eternidad. Prometen apenas un instante. Un salto. Una vibración en el agua. Una tarde donde todo parece suspendido. Hockney no pintó el paraíso; pintó algo más difícil: la sensación de que el paraíso podía estar en una casa moderna de Los Ángeles, siempre y cuando alguien supiera mirar.

Y él supo.

Miró el agua hasta volverla lenguaje.

Miró el deseo hasta quitarle la vergüenza.

Miró la vida cotidiana hasta encontrarle geometría, humor y luz.

En un mundo que suele confundir profundidad con oscuridad, David Hockney nos recordó que también se puede pensar en azul. Que la belleza no siempre entra solemne por la puerta principal; a veces se avienta un clavado, hace un ruido escandaloso y desaparece antes de que alguien pueda ofrecerle té.

Lo importante es la salpicadura.

Lo importante es haberla visto.

David Hockney pintó albercas, sí, pero en realidad pintó la posibilidad de mirar mejor. Sus piscinas no son vacaciones congeladas ni lujo californiano: son pequeñas teorías del deseo, del tiempo y de la luz. En ellas, el mundo parece más claro, más libre, más dispuesto a dejarse disfrutar. Y aunque el nadador ya no esté, el agua sigue moviéndose.