Jeffrey Epstein:

Una mansión llena de secretos y con una decoración muy peculiar

Por Mercedes Cossio

Un recorrido escalofriante por la mansión donde el lujo se mezclaba con rarezas inquietantes, silencios incomodos y visitas de famosos que preferían no preguntar demasiado.

Imagina entrar a una mansión de 7 pisos en el Upper East Side de la ciudad de Nueva York, donde eres recibido por filas de globos oculares disecados, bueno al menos eso percibes, definitivamente una obra de arte que te pone los pelos de punta al sentirte observado, es sin duda el lado macabro y perverso del mundo de Jeffrey Epstein. Que seguramente el voyeurismo es peccatta minuta a comparación del historial del terrible caso del magnate.  Esa era solo la entrada de la casa de Jeffrey Epstein, donde el mal gusto parece haber sido diseñado con la misma obsesión que su fortuna.

Dentro, el lujo no se queda en lo clásico: el pasillo principal tenía decenas de prótesis oculares enmarcadas, importadas de Inglaterra. Más adelante, una muñeca humana de tamaño real, bastante perturbadora, estaba suspendida de un candelabro, como si fuera parte de la decoración más teatral que espantosa según fuentes de Business Insider.

Platiquemos ahora del diseño de un ajedrez, made to order: tenía un tablero gigantesco con piezas personalizadas, modeladas según los empleados de Epstein, muchas vestidas de manera provocativa.

En una de las salas había un mural foto realista donde Epstein se retrató a sí mismo rodeado por alambre de púas, guardias de prisión… como si él supiera el futuro que le esperaba o era una burla más del humor negro y macabro de su mente perversa.

La extravagancia no se queda ahí. En el baño principal, según una demandante, había pechos protésicos montados en la pared, que Epstein “podía manipular” mientras tomaba un baño.Hay también un tigre disecado en su oficina, sacado directamente de la pesadilla de un coleccionista con gustos demasiado particulares. En su famosa sala de masajes, las paredes estaban cubiertas de fotografías eróticas de mujeres, según reportes de medios.

Y para rematar, en el hueco de la escalera colgaba una escultura de una mujer con vestido de novia, amarrada a una cuerda, como si fuera el centro decorativo más “¿por qué diablos alguien haría eso?” que puedas imaginar.

Esa mansión era su club privado para el poder: entre sus invitados se encontraban políticos, magnates y celebridades. En las paredes aparecían fotos suyas con figuras importantes como: Politicos, líderes mundiales, celebridades entre muchos otros.

Estar en esa casa tenía que sentirse como entrar a un episodio extrañamente oscuro de una serie sobre élites corruptas, donde no sabes si estás en una gala de networking o en el escenario de una película de misterio.

Atrás de todo hay algo más profundo: un hombre que decoraba su poder y sus perversiones.

Sus elecciones decorativas no parecían solo caprichos de un millonario excéntrico, sino herramientas simbólicas de intimidación. Esa mansión podía estar pensada para incomodar, para hacerte sentir observado, para recordarte que él tenía el control y que no era el tipo de anfitrión con quien podrías relajarte tranquilamente.

En el fondo, la casa de Epstein no era solo una mansión. Era su escenario personal: un teatro de poder lleno de extrañezas donde cada objeto, cada ojo enmarcado y cada muñeca colgada no sólo hablaba de su riqueza, sino de su manera de gobernar su mundo.

Ahora que se han liberado los documentos del caso Epstein, ¿Qué novedades y sorpresas tenebrosas nos esperan?

Más allá del legado político y la tragedia, la relación entre John F. Kennedy Jr. y Carolyn Bessette Kennedy sigue marcando tendencia en moda, cultura y lifestyle. Su minimalismo, su rechazo al espectáculo y su forma de habitar el amor contrastan con las dinámicas actuales de las relaciones mediáticas y explican por qué, décadas después, continúan siendo referentes de estilo atemporal y autenticidad.

Un recorrido escalofriante por la mansión donde el lujo se mezclaba con rarezas inquietantes, silencios incomodos y visitas de famosos que preferían no preguntar demasiado.